lunes, 26 de julio de 2010

EL PENDULO Y EL ARBOL DE LA VIDA



1. Todo es mente, el universo es mental.
2. Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba.
3. Nada descansa; todo se mueve; todo vibra.
4. Todo es dual; semejante y antagónico son los mismos; idénticos en naturaleza pero desímiles en grado; los extremos se tocan; todo lo paradójico puede ser reconciliado.
5. Todo fluye; afuera y adentro; avance y retroceso, asciende y desciende; el ritmo es la compensación.
6. Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con una ley; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la ley.
7. El genero esta en todas las cosas; todas las cosas tiene sus principios masculino y femenino, el principio de generación y generación.
LOS SIETE PRINCIPIOS HERMÉTICOS Kybalion



Observa las leyes del universo en el diagrama del árbol. Encontrarle el sentido a esta estructura simbólica no revela verdades insondables e inexplicables. A veces podemos alcanzar a comprender sin palabras lo simple y grandioso que es este mecanismo.

¿Que sostiene el péndulo?

El péndulo cae hacia abajo siguiendo la linea de la conciencia, se produce la vibración y empieza el movimiento oscilante, de un lado a otro, cuanto mas cerca del origen menos distancia hay de separación entre los opuestos, una dualidad que en su esencia mas alta es el espacio-tiempo, que en termino medio separa bien y mal, y que en el punto inferior se manifiesta en acción y reaccion.

Un movimiento rotatorio sostenido por un movimiento lateral crea el ritmo y su paso dibuja una hermoso mandala, es la flor de la vida.




Andamos dando bandazos, en la superficie, arrastrados por las energías que circulan en todas las direcciones, no podemos parar este movimiento, podemos darnos cuenta de el y permitirnos comprender.


¿Dónde estamos nosotros? .... en cualquier lugar, en un extremo o en otro, recorriendo el mismo círculo o quizá tengamos la suerte de encontrar el paso a la espiral y subir un grado nuestra percepción y comprensión de la vida. Nosotros somos esa linea de la conciencia que cuanto mas alta y cerca esta del origen menos separación experimenta.


Fijaros que imagen mas curiosa, el péndulo reflejado, esto me inspira el momento en el que el cielo y la tierra abrieron un abismo por donde asciende y desciende la consciencia en un constante fluir.





He tenido la suerte de volver a reencontrarme con el libro de Momo que leí en mi infancia a través de un extracto (que adjunto abajo) que encontré del libro en este blog http://fronterer.wordpress.com/2009/01/23/707/ que recomiendo visitar.



“…
MOMO recorrió con la mirada la sala llena de relojes y preguntó: Para eso tienes tantos relojes, ¿no? ¿Uno para cada hombre?

No, Momo – contestó el maestro Hora-. Estos relojes no son más que una afición mía. Sólo son reproducciones muy imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero, por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir.
¿Y si un día mi corazón deja de latir? – preguntó Momo.

Entonces –replicó el maestro Hora -, el tiempo se habrá acabado para ti, mi niña. También se podría decir que eres tú quien vuelve a través del tiempo, a través de todos tus días y noches, tus meses y años. Regresas a través de tu vida hasta llegar al gran portal por el que una vez entraste. Por allí vuelves a salir.

Y, ¿qué hay del otro lado?

Entonces has llegado al lugar de donde procede la música que, muy bajito, ya has oído alguna vez. Pero entonces tú formas parte de ella, eres un sonido dentro de ella.



¿Eres tú la muerte? – preguntó Momo.

El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar: Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida. (…) ¿Quieres ver de dónde procede el tiempo?

Sí- murmuró Momo.

Yo te conduciré – dijo el maestro Hora -. Pero en aquel lugar hay que callar. No se puede preguntar ni decir nada.
Me lo prometes?

Momo asintió, muda.
El maestro Hora se agachó hacia ella, la levantó y la retuvo fuertemente en sus brazos. Le cubrió los ojos con la mano y le pareció que caía sobre su cara nieve levísima y fresca.

Poco a poco, Momo se fue dando cuenta de que se hallaba bajo una cúpula inmensa, totalmente redonda, que le pareció tan grande como todo el firmamento. Y esa inmensa cúpula era de oro puro.

En el centro, en el punto más alto, había una abertura circular por la que caía, vertical, una columna de luz sobre un estanque igualmente circular, cuya agua negra estaba lisa e inmóvil como un espejo oscuro.

Muy poco por encima del agua titilaba en la columna de luz algo así como una estrella luminosa se movía con lentitud majestuosa, y Momo vio un péndulo increíble que oscilaba sobre el espejo oscuro. Flotaba y parecía carecer de peso.

Cuando el péndulo estelar se acercaba lentamente a un extremo del estanque, salía del agua, en aquel punto, un gran capullo floral. Cuanto más se acercaba el péndulo, más se abría, hasta que por fin quedaba totalmente abierta sobre las aguas.

Era una flor de belleza tal, que Momo no la había visto nunca. Parecía componerse solamente de colores luminosos. Momo nunca había sospechado que esos colores siquiera existieran. El péndulo se detuvo un momento sobre la flor y Momo se ensimismó totalmente en su visión, olvidando todo lo demás. El aroma le parecía algo que siempre había deseado sin saber de qué se trataba.

Pero, entonces, muy lentamente, el péndulo volvió a oscilar hacia el otro lado. Y mientras, muy poco a poco, se alejaba. Momo vio, consternada, que la maravillosa flor comenzaba a marchitarse. Una hoja tras otra caía y se hundía en la negra profundidad. Momo lo sentía con tal dolor, como si desapareciera para siempre en ella algo totalmente irrepetible.

Cuando el péndulo hubo llegado al centro del estanque, la extraordinaria flor había desaparecido del todo. Pero al mismo, comenzaba a salir, al otro lado del estanque, del agua negra, otro capullo. Y mientras el péndulo se acercaba lentamente a é. Momo vio que el capullo que comenzaba a abrirse era mucho más hermoso todavía. La niña dio la vuelta al estanque para verlo de cerca.

Era totalmente diferente a la flor anterior. Tampoco los colores de ésta los había visto jamás Momo, pero le pareció que era todavía más rica y preciosa que la anterior, y cuando más la miraba Momo, más detalles extraordinarios descubría.

Pero de nuevo volvió el péndulo estelar, y toda esa maravilla se disolvió y se hundió, hoja a hoja, en las inescrutables profundidades del estanque oscuro.

Lentamente, muy lentamente, el péndulo volvió al otro lado, pero no alcanzó exactamente el lugar anterior, sino que había avanzado un corto trecho. Y allí, a un paso del punto anterior, comenzaba a emerger y abrirse nuevamente un capullo.
Esa flor era, realmente, la más hermosa, según le pareció a Momo. Era la flor de las flores, un milagro.

Momo hubiera querido llorar cuando tuvo que ver que también esa perfección comenzaba a marchitarse y a hundirse en las oscuras profundidades. Pero recordó la promesa que le había hecho al maestro Hora, y calló.

Paseando todo el rato alrededor del estanque, miraba cómo nacía y se marchitaba una flor tras otra. Y le parecía que nunca se cansaría de este espectáculo.

De pronto se dio cuenta de que, además, al mismo tiempo estaba pasando otra cosa, algo que no había notado hasta entonces.

La columna de luz que irradiaba desdel centro de la cúpula no sólo era visible: Momo estaba empezando a oírla.

Al principio era como un susurro, como el que, de lejos, produce el viento en las copas de los árboles, pero después el bramido se hizo más potente, hasta que se pareció al de una catarata o al tronar de las olas del mar contra una costa rocosa.

Y Momo escucho, cada vez con mayor claridad, que este estruendo se componía de incontables sonidos que cada vez se ordenaban de nuevo entre sí, se transformaban y formaban cada vez nuevas armonías. Era música y, al mismo tiempo, otra cosa. Y, de pronto, Momo lo reconoció: era la música que a veces oía, muy bajito y como de muy lejos, mientras escuchaba el silencio de la noche estrellada.

Pero ahora, los sonidos se volvían más y más claros y brillantes. Momo intuyó que era esa luz sonora la que hacía nacer de las profundidades del agua negra cada una de las flores de forma cada vez diferente, única e irrepetible.

Cuanto mas escuchaba, más claramente podía distinguir voces singulares. Pero no eran voces humanas, sino que sonaba como si cantaran el oro, la plata y todos los demás metales. Y entonces aparecieron como en segundo término voces de índole totalmente diferente, voces de lejanías impensables y de potencia indescriptibles. Se hacían cada vez más claras, de modo que Momo iba entendiendo poco a poco las palabras, palabras de una lengua que nunca había oído y que, no obstante, entendía. Eran el sol y la luna y todos los planetas y las estrellas que revelaban sus propios nombres, los verdaderos. Y en esos nombres estaba decidido lo que hacen y cómo colaboran todos para hacer nacer y marchitarse cada una de esas flores horarias.

Y de, pronto, Momo comprendió que todas esas palabras iban dirigidas a ella. Todo el mundo, hasta las más lejanas estrellas, estaba dirigido a ella como una sola cara de tamaño impensable que la miraba y le hablaba.

Y le sobrevino algo más grande que el miedo. En ese momento vio al maestro Hora, que le hacía señas con la mano.

Maestro Hora – murmuró Momo- , nunca pensé que el tiempo de todos los hombres es…. – buscó la palabra adecuada, sin encontrarla- … tan grande – dijo por fin.

Lo que has visto y oído Momo – respondió el maestro Hora -, no era el tiempo de todos los hombres. Sólo era tu propio tiempo. En cada hombre existe ese lugar, en el que acabas de estar. pero sólo puede llegar a é quien se deja llevar por mí. Y no se puede ver con los ojos corrientes.


¿Dónde estuve, pues?

En tu propio corazón – dijo el Maestro Hora.

¿Puedo contarles a mis amigos lo que han dicho las estrellas?


Puedes, pero no serás capaz.

¿Por qué no?


Porque todavía han de crecer en ti las palabras.
Si de verdad lo quieres, Momo, tendrás que saber esperar.

No me importa esperar – dijo Momo.


Esperar, mi niña, como una semilla que duerme toda una vuelta solar en la tierra antes de poder germinar. Tanto tardarán las palabras en crecer en ti. ¿Quieres eso?

Sí – murmuró Momo.

Pues duerme – dijo el maestro Hora, pasándole la mano por los ojos.

Y Momo tomó aliento, profundamente feliz, y se durmió.

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